Probablemente el título de esta columna nos remita a un viejo hit noventero. Eros Ramazzotti, si mal no recuerdo. Cosas de la vida: tardes de colegio, mochila al hombro, la radio encendida y el corazón buscando sentido en una voz ajena. “Ser humano es lo que quiero ser”, decía ese romántico italiano sin sospechar que, décadas después, la frase dejaría de sonar a balada para convertirse en manifiesto.
Porque en esta era donde todo parece estar diseñado para no sentir, donde nos dan métricas en vez de abrazos, KPIs en vez de conversación y respuestas de chatbot en lugar de oídos que escuchan… Repetir “ser humano es lo que quiero ser” ya no es ingenuo: es revolucionario.
Nos dijeron que las marcas debían “conectar”, que había que “tener propósito”, que la empatía vende y que si la emoción no convierte, no sirve. Pero nadie nos enseñó lo esencial: para emocionar hay que tener corazón. Y no uno de cartón reciclado (aunque sea muy beneficioso para el greenwashing).
Hoy las marcas bailan al ritmo de indicadores como si fueran boleros tecnócratas. Un clic por aquí, una conversión por allá. Pero nadie mide el temblor en la guata cuando una idea toca el alma, emociona o saca una sonrisa.
En medio de este simulacro de humanidad, perdimos el instinto. El olor a comida casera. El arte de callar para escuchar. El placer de lo absurdo. Las campañas empiezan a parecerse más a plantillas de I.A. que a fogatas alrededor de las cuales contar historias que dejen marca, no marcas.
Repetir “ser humano es lo que quiero ser” ya no es ingenuo: es revolucionario.
Y ojo, no es que la tecnología sea enemiga. Las grandes compañías del mundo ya integran inteligencia artificial en sus procesos y está bien: agiliza, ordena, potencia. ¿Quién no quiere algo más veloz y eficiente? Son herramientas fabulosas capaces de multiplicar posibilidades, pero siguen siendo eso: herramientas. El pulso creativo todavía nace de lo vivido y lo sentido.
¿Y si volvemos a escribir como hablábamos?
¿Y si las marcas dejan de sonar como manuales de branding en esteroides y se atreven a decir simplemente: no sé, pero te entiendo?
¿Y si, en vez de crear avatares perfectos, mostramos nuestras cicatrices?
Porque si todo se empata, si toda diferencia se testea hasta morir, terminaremos con marcas impecables pero vacías. Con branding que deja de ser arte para convertirse en taxidermia.
Esta columna no pretende tener una respuesta. Pero sí una sospecha: en un mundo cada vez más artificial, lo verdaderamente subversivo es volver a ser humanos. Con errores, emoción, dudas y contradicciones.
La I.A. no es el fin. La tecnología no es amenaza. Es viento a favor, pero el timón aún lo llevamos nosotros, aunque sea humanamente difícil sostenerlo firme.
Y al final, como decía ese viejo hit que nos acompañó en los 90, son cosas de la vida. Entre algoritmos y métricas, hay una frase que vale la pena seguir repitiendo, despacio, como un regreso: Ser humano es lo que quiero ser.
Por Gianfranco (Pipo) Canale
Director Creativo. Publicista. Humano por decisión propia.








