Recientemente, casi por casualidad, me encontré participando en un workshop llamado El Lenguaje del Optimismo, liderado por Case Kenny, experto en mindfulness, autor y keynote speaker que lleva más de diez años explorando cómo el lenguaje moldea la forma en que experimentamos nuestra vida.
No estaba buscando respuestas ni intentando redefinir el optimismo. Fui simplemente por curiosidad.
Curiosidad por el lenguaje. Por el diálogo interno. Por cómo las palabras que usamos, muchas veces sin darnos cuenta, influyen en lo que sentimos y en cómo actuamos.
Lo que no esperaba era cuán profundamente esa conversación seguiría resonando en mí, ni cómo empezó a conectar con mi trabajo como coach de manera tan natural.
No por una frase inspiradora ni por una gran idea, sino por algo mucho más sutil:
que el optimismo no es un rasgo de personalidad, sino una práctica.
Y como toda práctica, se construye a través del lenguaje, la consciencia, la repetición y las creencias.
En mi trabajo como coach en salud mental y bienestar veo este patrón una y otra vez: las personas no se quedan estancadas porque les falte ambición o talento, sino por las historias que se cuentan sobre lo que sienten, sobre de lo que son capaces y sobre lo que creen que su futuro les permite.
Cuando el optimismo es consciente e intencional, se transforma en un puente entre cómo nos sentimos y cómo elegimos actuar. Y desde ahí, empezamos a diseñar nuestra vida.
Los mensajes que elegimos (tanto internos como externos) influyen en cómo otros nos perciben, pero también en cómo nosotros mismos experimentamos la vida.
La presencia como punto de partida
El optimismo no comienza solo con pensar positivo. Comienza con la presencia.
Estar presentes significa alinear nuestras acciones con cómo realmente nos sentimos: no con cómo deberíamos sentirnos, ni con cómo queremos ser percibidos, sino con lo que genuinamente está ocurriendo dentro nuestro.
Cuando ignoramos o anulamos nuestro estado emocional, el lenguaje se desconecta de la experiencia. Y esa desconexión genera fricción: actuamos desde la obligación en lugar de la intención, desde la presión en lugar de la claridad.
El optimismo propone una pregunta distinta: ¿Y si lo que estoy sintiendo ahora no fuese un problema, sino información?
Desde el coaching, la presencia es lo que permite el cambio. No podemos avanzar con honestidad si no reconocemos primero dónde estamos parados.
La forma en que nos hablamos moldea lo que creemos y creamos
Una de las herramientas más poderosas que tenemos (y que muchas veces subestimamos) es nuestra elección de palabras.
El lenguaje tiene energía. No en un sentido místico, sino conductual. La forma en que nombramos lo que vivimos influye en nuestra motivación, nuestra resiliencia y la manera en que interpretamos el mundo.
Podemos observarlo en estos cuatro estados del lenguaje:
- La vida me pasa a mí: pasividad y sensación de indefensión
- La vida pasa a través de mí: consciencia sin responsabilidad
- La vida pasa por mí: responsabilidad y autoría
- La vida pasa para mí: sentido, aprendizaje e integración
El optimismo vive en ese movimiento: desde el “me pasa a mí” hacia el “pasa por mí” y el “pasa para mí”.
Por eso el lenguaje orientado a la acción es tan importante. Los verbos implican movimiento, responsabilidad y posibilidad.
“Estoy estancado” cierra la puerta.
“Estoy aprendiendo a avanzar” la mantiene abierta.
El proceso de coaching funciona justamente por eso: no porque niegue lo difícil, sino porque ayuda a recuperar la sensación de autonomía, la confianza en uno mismo y la motivación intrínseca.
El optimismo y la ciencia del comportamiento en la toma de decisiones
Desde la ciencia del comportamiento, la Teoría Prospectiva (Prospect Theory) nos muestra que los seres humanos estamos naturalmente más orientados a evitar pérdidas que a buscar ganancias. Tendemos a sobreestimar los resultados negativos y a subvalorar los beneficios a largo plazo.
Esto explica por qué la rumiación suele generar una cascada de escenarios negativos:
¿Y si sale mal?
¿Y si fracaso?
¿Y si no es suficiente?
Por eso, el optimismo nos invita a hacer un giro consciente en nuestra conversación interna:
¿y si te permitieras imaginar mil escenarios… pero esta vez, solo los positivos?
El optimismo no implica ignorar el riesgo. Implica expandir el campo de lo que consideramos posible desde otra perspectiva.
En coaching, muchas veces trabajamos de adelante hacia atrás, comenzando por establecer claridad mediante una visión futura: Primero, visualizamos dónde queremos estar.
Luego nos preguntamos:
¿En quién necesito convertirme para llegar ahí?
¿Qué habilidades debo desarrollar?
¿Qué creencias debo soltar?
¿Qué hábitos debo practicar?
No al revés.
El optimismo es lo que mantiene ese futuro emocionalmente accesible. Nos recuerda que el esfuerzo importa, incluso antes de que los resultados aparezcan.
El optimismo como principio del coaching
En el fondo, el coaching se sostiene sobre una idea simple, pero profundamente poderosa: las cosas pueden cambiar. Eso no significa que el proceso sea fácil, rápido o lineal. Pero sí que es posible moverse. El optimismo no tiene que ver con forzar una mirada positiva, sino con reconocer el esfuerzo, ver el progreso y elegir relatos que impulsen el crecimiento en lugar de dejarnos paralizados.
Para muchas personas, el optimismo termina siendo un espejo: un recordatorio de todo lo que ya han avanzado y una prueba de que lo que hacen sí importa, incluso cuando el camino todavía se está desplegando.
Del lenguaje interno al lenguaje de marca
Lo que más me fascina es cómo este trabajo interno refleja el mundo del branding y la dirección creativa.
Las marcas, al igual que las personas, se comunican a través del lenguaje, el tono y la repetición.
Cuentan historias sobre quiénes son, qué defienden y qué creen que es posible.
Los mensajes que elegimos (tanto internos como externos) influyen en cómo otros nos perciben, pero también en cómo nosotros mismos experimentamos la vida.
Por ejemplo:
Cuando una marca comunica desde el miedo a perder, tal como explica la Teoría Prospectiva, su mensaje se vuelve defensivo y reactivo, limitado por aquello que intenta proteger.
Cuando comunica desde un optimismo consciente, abre espacio a la confianza, al movimiento y a la conexión.
El optimismo se transforma así en un principio creativo:
- En cómo enmarcamos los desafíos
- En cómo transmitimos valores
- En cómo invitamos a otros a imaginar posibilidades
No desde la perfección, sino que desde la intención.
Una reflexión final
Si el optimismo es una práctica, entonces es una a la que podemos volver cada día: de forma imperfecta y consciente.
Los invito a vivir con más presencia.
En el lenguaje.
En la valentía de imaginar escenarios mejores, no para escapar de la realidad, sino para darnos dirección y claridad.
Y quizás la parte más optimista de toda esta reflexión:
Es que siempre podemos elegir una nueva historia, una palabra a la vez.
Escrito por Florencia Paredes
Coach en salud mental y bienestar
Creadora de Gentle Reminder Club










